ESTUDIAR EN EL EXTERIOR: jóvenes osados que se endeudan en dólares

El camino hacia las universidades más prestigiosas del mundo requiere no solo de estudio, dedicación y un plan concreto a futuro, sino que es necesario contar con los fondos suficientes para costear las elevadas matrículas. Estudiar en el exterior en instituciones como Columbia, Standford, Harvard o Berkley significa estar dispuesto a desembolsar entre US$150.000 y US$200.000. A eso hay que sumarle el costo de vida en el extranjero (transporte, alojamiento y comida).

El desafío que se plantean muchos jóvenes profesionales argentinos es no dejarse aplastar por los números y buscar una alternativa para acceder a las grandes casas de estudio. Con la mirada calibrada en el objetivo de pegar un salto económico en su carrera profesional, no les tiembla el pulso a la hora de endeudarse en dólares o euros y así costear posgrados y maestrías. En un país con una divisa volátil, los rebusques para financiarse pueden parecer una apuesta arriesgada pero su estrategia apunta a postergar el pago de sus deudas hasta la celebración con toga y sombrero borlado. Después de eso, lo único incierto es el pasaje de vuelta a la Argentina.

«Estudié un MBA (máster en administración de negocios) en la universidad Insead, en Francia «, dice Matías Knoll, economista de 30 años. «Acudí a Prodigy porque acceder a un crédito para estudiar afuera es casi inexistente».

Prodigy Finance es un fintech, una empresa tecnológica que ofrece servicios financieros, y concede préstamos estudiantiles en universidades de gran prestigio. Fue fundada por ex alumnos de Insead y tiene su foco puesto en estudiantes de países en vía de desarrollo. Según el último informe de la compañía, desde 2009 financiaron $737 millones de dólares en préstamos a más de 14.500 estudiantes de 132 países.

«Es una especie de ANSES», continua Knoll. «Se sostiene en un sentido de comunidad y de pertenencia. La plata que están usando para pagarme a mí es la plata que están pagando estudiantes anteriores y lo que yo pague ahora va a servir para financiar a los que se endeuden a futuro. Prodigy cobra un porcentaje y de todo eso se lleva su ganancia».

Hacer un MBA en Insead, una universidad rankeada entre las cinco mejores del mundo por el Financial Times, tiene un costo aproximado de $ 90.000 euros. Es el equivalente a comprar un departamento de dos ambientes en Belgrano.

Knoll, que trabajó en argentina en Ernst & Young y ahora es empleado en una consultora en México, asegura que si bien extraña a su familia y amigos ve distante la posibilidad de volver al país. «Es muy difícil volver y tener un sueldo en pesos que sea suficiente para seguir honrando mi crédito. En el país son pocas las empresas que pueden pagar esos salarios a jóvenes que todavía no tienen un cargo ejecutivo», dice.

Nicolás Falkinhoff, también es economista, tiene 26 años, y hace seis que vive en Estados Unidos . Pagó sus estudios universitarios gracias a una beca deportiva que consiguió por jugar al golf, pero al momento de avanzar con estudios de posgrado tuvo que encontrar la manera de financiarse. «Busqué préstamos para hacer un máster en finanzas y en la universidad de Washington tenían una opción de crédito para alumnos internacionales», dice. En Estados Unidos la oferta de préstamos es amplia y variada pero en muchos casos llega a ser un problema para los estudiantes.

Dentro de los créditos existen cláusulas que solo permiten pagar cierto porcentaje mínimo del sueldo para cancelarlo. Los recién graduados no reciben grandes salarios por lo que no llegan a pagar el capital, sino que solo les alcanza para pagar los intereses, lo que genera un efecto de burbuja financiera. Se mantienen en esta situación por años hasta que consiguen un salario mayor que les permita cancelar la deuda. «Afortunadamente mi tío me terminó prestando la plata, aunque ya tenía aprobado el crédito. El préstamo familiar fue sin interés a diferencia del crédito universitario que iba de un 5% al 10%», continúa Falkinhoff quién confiesa que de no haber conseguido trabajo en Estados Unidos se hubiese mudado a otro país donde pudiera ganar en divisa extranjera y así pagar su deuda.

A la hora de financiar los estudios, algunos profesionales argentinos recurren a canales menos ortodoxos. La politóloga Magdalena Wetzel, de 31 años viajó a Europa con la idea de que un título europeo sería un trampolín para ingresar a agencias y organismos internacionales como las Naciones Unidas . Estudia en la universidad de Sussex, en Gran Bretaña .

«Como extranjera, apenas llegué me abrí una cuenta en un banco y me pedí una tarjeta de crédito. En tres meses construí un historial crediticio y así pude solicitar un préstamo personal con una tasa de interés del 16%. En el medio me conseguí un trabajo en la universidad y lo complementé trabajando en un restaurant», dice Wetzel. Luego, agrega: «Exploré la posibilidad de sacar un préstamo universitario, que por lo general tiene tasas de interés más bajas pero no calificás como extranjero».

En Gran Bretaña los argentinos entran dentro de la categoría de estudiantes overseas, es decir que no pueden acceder a las facilidades que dan los bancos o las universidades para préstamos a estudiantes locales. Para tener las mismas ventajas, como reducciones en las matrículas, es necesario acreditar al menos tres años de residencia. La maestría allí superan las $15.000 libras.

«Mi idea es quedarme acá hasta que pueda pagar la deuda. Fue parte de la decisión cuando me vine sin plata y asumí una deuda en Inglaterra», concluye Wetzel, a quien solo le queda entregar su tesis para finalizar sus estudios. No todos los profesionales que toman deuda se van al extranjero solo con un pasaje de ida. Juan Maquieyra, polítologo, viajó a los Estados Unidos para estudiar un máster en políticas públicas en la universidad de Harvard. «Mis ahorros, que no eran tantos, los puse para irme allá y vendí lo que tenía para estudiar. Además recibí dos becas. Eso me cubrió dos tercios de la matrícula pero todavía me faltaba pagar el costo de vivir allá».

El licenciado en Ciencias Políticas sacó un préstamo universitario de US$ 30.000, pero al día de hoy solo debe pagar la mitad. «Entré en un programa que si ingresás al sector público y no ganás más de determinado monto, Harvard te va cancelando la deuda durante los primeros 10 años», dice Maquieyra, quien se desempeña en la actualidad como presidente del Instituto de Vivienda porteño.

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