Placeres económicos: cuáles son los mejores vinos para disfrutar por menos de $100

En medio de la polémica entre el vino y la cerveza se da una paradoja: la calidad de los vinos argentinos ha mejorado notablemente, pero su consumo ha decaído de la misma manera. ¿Cómo se explica eso?
En los 80 el consumo per cápita de vinos de la Argentina era de 90 litros, y nadie tomaba cerveza. Pero la ecuación se dio vuelta por muchas razones.

El vino sin dudas ha mejorado y ha multiplicado su oferta. Aquellos vinos de todos los días que brillaron en las mesas argentinas han sufrido más que ninguna otra bebida. Por un lado están las cuestiones naturales, a cosecha de bajos rendimientos el precio de la uva se incrementa y por ende el costo del vino aumenta – cabe destacar que la cerveza no sufre estos inconvenientes -, tal como sucedió en 2016 y 2017. Así, el vino en cartón fue el producto que más subió de precio (casi 80%) en el primer semestre del año pasado, según un estudio de la Consultora W, encargado por la propia industria del vino.

Pero esto explica solo una parte de la película, porque se ha abierto un debate en torno al disfrute del vino, y ya son varias las voces que desprecian su valor agregado. Es decir, defienden el vino como producto simple y efectivo, unilateral y lineal como pueden ser otras bebidas masivas, incluyendo la cerveza.

El vino es la bebida con mayor diversidad. Hay decenas de variedades de uva, centenares de terruños en nuestro país con diferentes características de clima y suelo, miles de enólogos y agrónomos tomando decisiones claves para su elaboración, varios métodos de vinificación aplicados en base al estilo y calidad del vino en cuestión. Además, una vez en la botella el vino sigue evolucionando, y es por eso que se dice que no hay dos botellas iguales, más allá de la capacidad de guarda de algunas etiquetas. Esto sucede en todos los países productores; y como si esto fuera poco, todos los años se renueva todo con cada cosecha.

El vino es como una moneda de dos caras, por un lado la gran cantidad de etiquetas que tienen los consumidores para elegir, pero por el otro la confusión que esto genera a la hora de enfrentarse a la góndola. Mientras el mensaje de la cerveza es básico; frescura y diversión; el del vino es complejo (casi sin quererlo) hasta en los vinos más simples. Y esto ha alejado también a muchos consumidores que prefieren decidir rápido y sin pensar mucho, en lugar de tomarse un tiempo para ver de qué se trata.

Placer por menos de $100

Un buen vino para disfrutar a menudo y por menos de $100 la botella tiene que ser ante todo agradable. Por eso hoy el foco de muchos vinos está en la expresión de la fruta, que debe ser fresca y evidente. Atrás quedaron los sabores maduros, como así también las rusticidades que daban esos taninos agresivos. Hoy, los vinos llegan más pulidos en sus texturas y por ende más suaves al paladar.

Qué se le puede pedir a estos vinos. Claramente ni potencial de guarda ni complejidades, solo que sean fieles compañeros y que no pierdan su gracia si alguien elige agregarle hielo o soda. Pero los más destacados de la categoría no se conforman con ser “correctos”, sino que buscan ir un paso más allá. Y así cada varietal de la línea expresa algo diferente, que puede ser aceptado y reconocido como el carácter de la uva. Y la clave estará en la frescura y el peso del vino, su paso por boca debe ser fluido y refrescante., y el gustito final debe invitar a otro trago.

Por suerte hay muchos vinos que entendieron el juego y lo pueden jugar, que se afianzan a base de consistencia, más allá que estén cambiando permanentemente el diseño de sus etiquetas. Eso es necesario ya que el vino en realidad invita a cambiar permanentemente en busca de la mejor etiqueta posible. Pero en este rango se necesitan compañeros fieles, y en todo caso alternar variedades pero siempre dentro de la misma línea. Los cambios de etiqueta suponen un guiño al consumidor, un mensaje para llamar la atención de otros, respetando siempre la calidad del vino para mantener a los fieles seguidores. El secreto está en las marcas o líneas, sabiendo que en el Malbec siempre se podrá confiar.

Santa Julia por ejemplo es una línea de vinos varietales de larga data (viene de los 90´), y si bien ha cambiado innumerable cantidad de veces su “vestimenta”, la calidad sigue siendo destacable. Ofrece todos los varietales clásicos, pero el Viognier (blanco) y el Tempranillo (tinto) son dos de sus especialidades. Suter está de vuelta, y el Chardonnay hace gala de su fama histórica con los vinos blancos.

Portillo es una línea de vinos que no solo ya tiene una bodega y enólogo propio (Gustavo Bauzá), sino que además está concebido con uvas del Valle de Uco. Y esto se aprecia más en el Sauvignon Blanc y en el Malbec. Vendimiario es lo nuevo de Esmeralda, son tres blends tintos que provienen de Mendoza, San Juan y La Rioja, de paladar envuelto y agradable. Además, colaboran con el desarrollo de las escuelas rurales de la Fundación Ruta 40.

Una apuesta segura siempre son los Torrontés de Salta y La Rioja, porque es una uva muy noble y expresiva que se da muy bien en esas regiones. Quara y Santa Florentina son los nombres a tener en cuenta.

El reconocido enólogo Ángel Mendoza siempre dice que en San Juan los vinos jóvenes son mejores porque maduran antes gracias al clima. Eso explica el éxito de los Callia Alta en general y de su Syrah en particular.

Entre los clásicos hay muchas marcas que si siguen estando ahí es por algo. Cuesta del Madero, Valmont y López son tres exponentes de buenos vinos para todos los días con un estilo bien definido y que supieron mantenerse actuales. En varietales clásicos, Norton sigue siendo una referencia con su “eterno” Barbera como propuesta original; también los Benjamín de Nieto Senetiner con sus Malbec y Cabernet Sauvignon como punta de lanza, y los varietales de Estancia Mendoza que nunca fallan.

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