Alejandro Martinuccio, de la tragedia de Chapecoense al fútbol de Ascenso

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Martinuccio, hoy, enfocado en Nueva Chicago, su actual club (Foto: Jorge Sánchez)

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En esta historia hay un antes y un después, como en tantas otras. Un “volvió a nacer”, o un “el sobreviviente…”, como nos gusta titular a los periodistas, siempre. Pero primero, el antes: Alejandro Martinuccio nació en 1987, y se crió en Floresta. En FAFI, la liga más competitiva del Baby fútbol infantil, comenzó en Parque y luego pasó a Pacífico, donde ganó la Copa de Campeones frente al Palermo del Pipita Higuaín.

En cancha de once jugó en Argentinos Juniors, en Boca, después en River y a los 14 fichó en Nueva Chicago, donde debutaría en Primera División en 2007. El contexto no fue el ideal: Chicago había recibido una sanción de 18 puntos por los incidentes frente a Tigre, la tarde que descendió al Nacional B. Además, el castigo les implicó jugar de local en otros estadios. Mantenerse era muy difícil. Y a pesar de la gran campaña, por un punto, les tocó jugar la promoción con Los Andes, en la que también descenderían, a la Primera B Metropolitana.

Alejandro Martinuccio, de la tragedia de Chapecoense al fútbol de Ascenso

Martinuccio, de vuelta en la Argentina (Jorge Sánchez).

A mediados de 2009, un grupo empresario compró su pase y lo colocó en Peñarol de Uruguay. Allí, además de usar la 10 y de recibir ovaciones al grito de "porteño, porteño", llegó a la final de la Copa Libertadores de 2011, frente al Santos de Neymar. Sus actuaciones generaron interés por parte de Roma, Fiorentina y Palmeiras, entre otros clubes. Finalmente sería contratado por el Fluminense.

Un año después se fue a préstamo al Villarreal de España. A los ocho meses, regresaría a Brasil y sería cedido al Cruzeiro, donde permaneció dos años, hasta 2014. Y de allí al Coritiba, y luego al Ponte Preta, hasta que llegaría ese "antes y después" en su vida, del que reniega: "el que sabe un poco de fútbol conoce mi carrera", dice. "Molesta un poco que sólo se refieran a mí como 'el sobreviviente de…'".

La tragedia desde adentro

"Acá somos diferentes. Vení a conocer el club. No importa que estés lesionado; nos interesa tenerte y estamos dispuestos a recuperarte", le mandaron a decir los directivos de Chapecoense, para convencerlo, en lo que sería el comienzo del ya comentado "antes y después". Fue entre fines de 2015 y principios de 2016. Martinuccio, con nuevo representante, ya había rechazado una oferta de Nacional de Montevideo, y estaba entre quedarse en Ponte Preta o pasar al Chapecoense. Llevaba cinco años en Brasil y le era común recibir ofertas de clubes locales, a pesar de que le hubiera encantado una propuesta del fútbol argentino, para poder debutar en Primera.

Alejandro Martinuccio recibe a Clarín en el comedor de su casa de zona norte. Afuera, en el espacio verde y al aire libre, sus tres hijos brasileños saltan en una cama elástica. Los tres van y vienen. Hablan en portugués: dos nacieron en Río de Janeiro y el restante, en Belo Horizonte.

Volviendo a la historia: las instalaciones, la seriedad de sus directivos, un buen contrato y la tranquilidad de la ciudad fueron algunas de las razones que lo llevaron a firmar un contrato por dos años. Debutaría a los dos meses, ya recuperado de su lesión. El club le había resultado hermoso.

-El comienzo de año había sido difícil; nos costaba ganar-recuerda-. Después las cosas mejoraron, pude hacer algunos goles. Me sentía muy bien, muy cómodo. No tengo dudas: en ningún otro club me habían tratado tan bien como ahí. Los directivos eran buenos tipos, y si todo marchaba bien era por cómo ellos hacían las cosas.

El partido previo al debut por la Sudamericana fue frente al Flamengo. Martinuccio recuerda que pidió el cambio a diez minutos del final. Esa semana el entrenador había priorizado el torneo local: jugó con los titulares y pensó en un equipo de suplentes para enfrentar a Cuiabá.

Por esos días, el estudio médico determinó que Martinuccio padecía una contractura en uno de sus posteriores. Fue a finales de agosto. El jugador manifestó sus ganas de someterse a una artroscopía, para recuperarse y volver con todo. En ese momento era una contractura, pero mañana podía ser un desgarro, o algo más grave. "Prefiero hacérmela ahora y soñar con llegar a la final…", le dijo al cuerpo médico, que le había propuesto esperar hasta principios de diciembre para pasar por el quirófano.

Martinuccio no lo sabía: estaba tomando la mejor decisión de su vida. El doctor y los directivos, tampoco: que cediendo ante el pedido del jugador, casi que le estaban garantizando la vida. "Ellos venían conformes con mi rendimiento, aun sabiendo de que nunca había estado el 100%", asegura Alejandro. "Se convencieron creyendo que al recuperarme bien sí iba a volver en mis mejores condiciones".

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El destino era el único testigo de una situación del día a día de un plantel de fútbol, que se convertiría en la primera decisión de una serie de decisiones -o el azar, o el destino mismo, o qué- que lo llevarían a no subirse a ese avión.

Mientras se recuperaba, Chapecoense avanzaba: en septiembre eliminó a Independiente de Avellaneda, y en octubre, a Junior de Colombia. El 2 y el 23 de noviembre enfrentó a San Lorenzo. El gol de visitante le valió el pase a la final al Chape, frente a Atlético Nacional. El partido de ida sería en Medellín, siete días después de la clasificación. En el campeonato local también sumaban de a tres, y estaban en el pelotón que luchaba por la clasificación a la Libertadores de 2018.

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El presente era ideal, y el futuro, soñado: varios jugadores del plantel venían recibiendo ofertas como nunca antes en sus carreras. Los querían de equipos grandes de Brasil, y del continente. Un panorama antagónico al comienzo del año, donde habían acordado un premio por mantener la categoría.

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Alejandro y la camiseta de su ex club (Archivo Clarín).

Y fue en esa semana que Martinuccio, de nuevo, tomaría otra de sus mejores decisiones. El Director Deportivo lo citó en una oficina del club y le planteó un deseo: querían que estuviera en la primera final. Al menos para jugar los últimos veinte o diez minutos.

-Me salió decirles la verdad; intenté serles sincero -reflexiona-, como ellos habían sido conmigo desde el día que firmamos: prefería esperar una semana más, y si el entrenador me necesitaba, estar preparado para regresar en la final de vuelta.

Y después, el 28 de noviembre, lo que todos saben. O no.

Alejandro Martinuccio muestra uno de sus dos celulares, el del número brasileño: aún tiene 280 mensajes de WhatsApp sin leer de aquella mañana. Dice que se despertó a las 8, para ir a entrenarse, y que su hermano le dio la noticia. Se cambió y fue al club. Nada de lo que se venía podía ser bueno.

-Verlo de afuera impresiona, pero no hay como vivirlo. Si no lo viviste como nosotros, nunca lo vas a sentir de la misma manera. Llegué al club y vi a las mujeres de mis compañeros desmayarse, a los días ver cómo bajaban los cajones del avión…

-¿Y cómo es tu vida a casi un año? ¿Seguís pensando en lo que pasó?

-Sueño con mis compañeros. O que no estoy más; sueño y pienso en cómo sería la vida de mis hijos y mi mujer sin mí; en cómo hubieran reaccionado mis papás si yo subía a ese avión. En eso pensás. Se te pasa mucho por la cabeza imaginarte la vida de las personas que te rodean sin vos. Quedarse allá implicaba acordarse o acordarse. Yo vivía en las inmediaciones del estadio. Acá se me hace más fácil, por tener cerca a la familia y los amigos.

Martinuccio era el único jugador del plantel con contrato hasta 2018. Pero cuenta que después de la tragedia, cuando asumió un nuevo presidente y prácticamente una nueva directiva, las cosas cambiaron. "No debe ser fácil arrancar de cero en un club. No se siguió con la misma línea, que nos había llevado a la final y a los primeros puestos del campeonato, y a ser un club muy ordenado. El que lo ve de afuera nunca va a entender las cosas que empezaron a pasar adentro…"

Por esos días, además de sentirse incómodo en el club, notó que la ciudad no era la misma. "Nosotros ya no miramos a Chapecoense. Gane o pierda; nos da igual", le dijeron en la panadería de la cuadra, y esa frase hizo que se replanteara el futuro. El club en el que mejor lo habían tratado, y la ciudad en la que vivía feliz, habían cambiado, y para mal.

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Martinuccio sigue soñando con sus ex compañeros. Pero trata de seguir adelante (Foto: Jorge Sánchez).

Con 29 años, y después de no acordar en lo económico en un club español, recibió la propuesta de Nueva Chicago y no lo dudó, a pesar de haber escuchado ofertas más rentables de otros equipos de la categoría. Y este lunes tendrá la posibilidad de jugar nada menos que el clásico ante All Boys. Por eso, asegura: "Nada más lindo que volver al lugar de donde saliste. Me llamaron y no lo dudé. Jugar en un equipo popular de Argentina es una experiencia única; estando afuera se extraña la pasión, salir a la cancha y que se te ponga la piel de gallina al ver a la gente. En los tres países donde jugué no viví nada parecido", explica. Y ahora, seguramente, de a poco, los sueños comenzarán a alternar con las pesadillas. Que dormirse implique cerrar los ojos e imaginarse con la verde y negra, pero en Primera División. Aunque tal vez, a esta altura, la vida pase por otro lado.

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