Agustín Canapino ganó el título que le faltaba fiel a su estilo: sin especulación

Agustín Canapino ganó el título que le faltaba fiel a su estilo: sin especulación

Súper TC 2000

“Es la mina que más me costó”, graficó el arrecifeño sobre la conquista en la categoría que le era tan esquiva. Y lo hizo a su manera: acelerando.

Canapino y el Cruze con el que se coronó en Alta Gracia. (Mario Quinteros)

Canapino y el Cruze con el que se coronó en Alta Gracia. (Mario Quinteros)


“Es la mina que más me costó y que finalmente me dio bola”.

Agustín Canapino maneja con la bravura que pocos pilotos tienen en la Argentina, pero detrás de la cara de nene que todavía se resiste a abandonarlo hay un muchachón lleno de frescura, acorde a los 26 años que denuncia su DNI. Por eso se ajusta a su personalidad extrovertida la forma en que definió con palabras lo que significa haberse coronado campeón del Súper TC 2000 en su sexto año en la categoría. Era la corona que le faltaba, la que más esquiva se le hacía, la que le “quitaba el sueño”, tal como definió cuando visitó la redacción de Clarín, el mes pasado. Por eso salió este sábado a la pista del Oscar Cabalén fiel a su estilo: sin especular, un verbo que no figura en su vocablo. Y atento a que Matías Rossi necesitaba hacer la pole position para estirar la definición a la carrera del domingo, el piloto de Arrecifes voló sobre el asfalto cordobés. Y como la mejor defensa es un buen ataque, Canapino ganó la clasificación y se permitió montar una celebración distinta para el automovilismo, en un día sábado.

Lo hizo con Chevrolet, la marca de sus amores, con un Cruze aunque con dos modelos distintos, porque el equipo Pro Racing decidió darle curso al nuevo auto del Moño justo en el tramo decisivo del torneo y después de que Canapino hilvanara sus únicas tres victorias del año con el auto viejo, en Buenos Aires y en la doble tanda en el callejero de Santa Fe.

Se le dio en un año en el que tuvo que sortear contratiempos en pista por roces con rivales, como los que sufrió con José Manuel Urcera en Oberá y en San Juan, aunque sólo no sumó puntos en una fecha, la de Misiones, cuando llegó vigésimo. “La vida me enseña que por más que te pongan piedras, que te hagan el camino más difícil, todo es posible”, apuntó el campeón apenas se bajó del auto, en plena efervescencia.

Se consagró con la ayuda imprescindible de dos referentes: Norberto Fontana, compañero de equipo en el Pro Racing, quien lo aconsejó y lo contuvo en tiempos difíciles y con quien compartió un duro momento este año, con la muerte de la hermana del ex piloto de Fórmula 1 y la madre de Nicolás Trosset, uno de los amigos de la infancia de Agustín. “Fue fundamental”, admitió el propio campeón.

Pero sobre todo le quedará marcado el triunfo en los 200 Kilómetros de Buenos Aires, su primer triunfo del año, cuando se impuso en binomio con Guillermo Ortelli, su ídolo.“Soy hincha de Chevrolet, la siento muy propia a la marca. Así que para mí lograr mi primer campeonato de Súper TC 2000 con Chevrolet es el sueño del pibe. No se me dio antes el título, pero con este resultado, fue mejor”, expuso el arrecifeño.

Se coronó en una estructura, el Pro Racing, a la que perteneció hasta 2013, año tras el cual se afincó en el equipo Peugeot, donde vio cómo Néstor Girolami ganó dos títulos, el segundo de ellos, en 2015, en medio de fuertes peleas. Fueron dos años en los que disputó el torneo pero en ambos vio cómo se le escapaba y a manos de un colega con el que quedó con una tensa relación tras el fallecimiento de Guido Falaschi, en 2011, tras un accidente en el que Girolami fue protagonista: el golpe que le dio su Torino al Falcon de Falaschi provocó la muerte del santafesino, de sólo 22 años y contemporáneo de Canapino. No casualmente la memoria de Falaschi estuvo presente en las dedicatorias del campeón.

Le ganó en el final a Rossi, un piloto que, por características, está en las antípodas de Canapino. De la frialdad calculadora de Matías a la eruptiva ambición de Agustín. Son distintos al punto de que ambos defienden en el Turismo Carretera la misma marca, Chevrolet, aunque Rossi está en el medio de un coqueteo con Ford que Canapino jamás se permitiría. “Lo admira, más allá de las diferencias que tuvieron y de que son rivales”, graficó Claudia, la mamá del campeón, sobre el sinuoso vínculo Canapino-Rossi. Hubo un abrazo entre ambos, ante las cámaras de Carburando, que sonó a protocolar, tanto que el primero del equipo Toyota en saludar al nuevo monarca fue Darío Ramonda, el presidente.

Y venció al apellido. Demostró que lejos está de ser sólo el hijo de Alberto, uno de los chasistas más importantes del país, sino que sus siete títulos en categorías grandes lo reafirman entre los mejores pilotos de la Argentina. Pero igual le agradece al papá. “Sabe que lo mucho o poco que soy se lo debo a él, que aunque hemos tenido nuestras diferencias, soy Agustín y soy Alberto”, dijo el pibe. “Supera todo lo que había soñado cuando era chico”, confesó el padre al teléfono en plena conferencia, porque no está en Alta Gracia.

Mantiene rasgos del chiquilín que debutara con sólo 15 años en la Copa Mégane, que a los 17 años lograra su primer título en esa categoría promocional, que a los 18 se calzara la corona del TC Pista y que a los 20 tocara el cielo con las manos al consagrarse en TC con un Chivo. A los 26, bravo en la pista, amable en la charla, y siempre frontal, arriba y abajo del auto. Por eso tiene chapa de ídolo.

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