Buonanotte: “No me siento completamente feliz, pero estoy en un momento muy bueno”

Buonanotte: “No me siento completamente feliz, pero estoy en un momento muy bueno”

Argentinos por el mundo

Cuatro ojos llenos de luz. Las miradas de Diego Buonanotte y de su perro labrador Cristos, en la tranquilidad del mediodía de Santiago. Se lo nota firme al Enano. (JUANO TESONE - ENVIADO ESPECIAL)

Cuatro ojos llenos de luz. Las miradas de Diego Buonanotte y de su perro labrador Cristos, en la tranquilidad del mediodía de Santiago. Se lo nota firme al Enano. (JUANO TESONE – ENVIADO ESPECIAL)


Cristos, un labrador de tres meses tan simpático como inquieto, es el único que altera la tranquilidad en la amplia casa del condominio de Las Condes, uno de los exclusivos barrios de esta capital chilena. Aunque es habitual en estos perros, seguro que también su personalidad se contagió de la esencia futbolera de su dueño. El cachorro sólo quiere jugar… Busca cómplices porque quienes más lo entretienen no están. Lucía, de cinco años, y Santino, de tres festejados el sábado pasado, se encuentran en el colegio. La jefa del hogar, Jenny, amable pero fanática del perfil bajo y del “por favor no quiero fotos”, exprime la ausencia de los chicos para ordenar. Relajado, con una sonrisa franca y la mirada celeste de siempre, Diego Buonanotte se abre en el mano a mano con Clarín: “Desde que me fui de River, me costó encontrar un lugar. A veces, toca una ciudad linda, pero no te va bien en lo futbolístico. Otras es al revés. Acá estoy muy cómodo”.

Atrás quedaron España (Málaga y Granada), México (Pachuca) y Grecia (AEK). En el medio, un rato en Quilmes. Ahora este talento de 1.60 de estatura, ya con 28 años, se reinventa en Chile, con Universidad Católica y otros argentinos: Costanzo, Kalinski, Jaime y Noir. Ahí el Enano se impone: 17 partidos, 7 goles, un título (Supercopa de Chile) y una muy buena crítica. Resume Buonanotte: “En esta ciudad se vive muy bien. Estoy en un lugar hermoso. Católica es un club ideal, lo tengo cerca, como a la escuela de los chicos. El grupo es bárbaro, el equipo funciona”.

-Muchos dicen que no hay piel entre chilenos y argentinos. ¿Sentiste algo así?

-Nunca me hicieron notar esa diferencia que dicen que existe entre chilenos y argentinos. Me recibieron diez puntos. Me dan un cariño inmenso. Mis hijos están felices, van con ganas al colegio, ya hicieron amiguitos… Apenas llegué a esta casa, al segundo día, vino una vecina a golpear la puerta para decirme que contara con ella para lo que necesitara. Es la primera vez que me pasó algo así estando afuera.

-¿Extrañás ser el 10 de River?

-Pasó mucho tiempo. Me crié ahí y le debo todo. Uno siempre sueña con volver a jugar en el Monumental con esa camiseta, pero hoy estoy en un club fantástico. Me encuentro en un momento bueno. Quería sentirme bien en un lugar y acá me siento así. Entonces, ¿por qué no voy a quedarme mucho tiempo en Chile?

-Se te nota contento.

-Hacía muchos años que no podía decir ‘estoy cómodo’. Firmé por dos años, pero me gustaría quedarme mucho tiempo en Católica. En el club me demostraron que la parte humana es fundamental. Y es lo que importa. El fútbol se deshumanizó bastante. Es un negocio y sólo importa si jugás bien. La persona no se tiene en cuenta. En Pachuca trajeron un jugador, no había cupo y me sacaron sin importarles que hacía tres meses había llegado de España y había movido a toda mi familia…

Gigante. Buonanotte, en el patio de su casa chilena, posa junto a un arco de su hijo Santino. (JUANO TESONE - ENVIADO ESPECIAL)

Hay un marcador personal que acosará a Buonanotte toda su vida. Lo persigue desde el 26 de diciembre de 2009: manejaba por la ruta 65 desde Arribeños hacia Teodelina, perdió el control del auto, chocó contra un árbol y fallecieron tres amigos. Sólo él se salvó. Nunca se sacará de encima a ese fantasma, pero parece que aprendió a eludirlo.

-Diego, ¿podés decir que sos feliz?

-A ver: nunca voy a ser feliz como era antes. Mi vida cambió totalmente después de esa noche. Pero hoy, después de casi seis años, sí estoy encontrando mi lugar, las ganas de ir a entrenar, de jugar con mis hijos en el patio de casa, de irlos a buscar al cole, de salir a cenar con mi familia o amigos. Eso antes no me salía. No es para decir que me siento completamente feliz, porque eso no va a ser. Pero sí estoy en un momento muy bueno. Me encantaría que sea así mucho tiempo más.

-¿Te costaba mucho el día a día?

-Sí. Lo hacía todo por obligación.

-¿En qué cambiaste?

-Después de lo que me pasó, me doy tiempo para pensar las cosas. Por ejemplo, si vuelvo hasta la noche del accidente, yo recuerdo que era muy tarde. No quería llegar a cualquier hora a mi casa. Eso es algo que siempre me enseñó mi papá: ‘No llegués a las 7, Diego. Podés llegar a las 5’. Siempre él me decía eso… Esa noche llovía, ninguno de mis amigos se quería ir y yo les decía: ‘Vamos, vamos que se hace tarde, está lloviendo…’. A lo mejor ahora diría: ‘Vamos a quedarnos, esperemos. Total no importa si llegamos a las 8 de la mañana’… Pero son cosas que uno ve con el diario del lunes.

-¿Qué es lo más importante que aprendiste?

-A disfrutar a las personas que realmente quiero y amo. A veces es fácil decirlo, pero cuesta hacerlo en el momento. Mirá, yo perdí a mi mejor amigo. Lo conocía desde los cuatro años. No te imaginás lo que lo extraño. A veces pienso que lo podría haber disfrutado más. Y bueno… (La mirada le brilla más que nunca, pero suena firme; hace una pausa y sigue) Por eso ahora trato de disfrutar cada momento. Por ejemplo, Santino juega en Católica y trato de no perderme ninguna práctica. Para mí, eso es sagrado.

-¿Podés pasar por el lugar al accidente?

-Cuando voy al pueblo de mi mujer, o a Buenos Aires, tengo que pasar por ahí sí o sí.

-¿Si pudieras lo evitarías?

-No tengo problemas en pasar. Tampoco recuerdo nada de esa noche. Yo no sé bien dónde fue el accidente. Si me ubico es porque me dijeron donde pasó, nada más.

-¿Cómo te llevás con los vínculos familiares de tus amigos que ya no están?

-Bien. En los pueblos nos conocemos todos. Un hermano de uno de los chicos tiene una canchita de fútbol 5 y siempre voy a jugar ahí. Tengo la mejor relación… El papá del amigo que conocía desde los cuatro años también es amigo de mi viejo. Siempre que voy le llevo una camiseta de regalo. Es muy futbolero. Me sigue siempre. Nos llevamos muy bien.

-Dentro de la desgracia, eso está muy bueno.

-Jugábamos al fútbol juntos, íbamos al colegio juntos… Los padres me conocen y saben cómo soy. Saben que por mis amigos siempre di todo. Entendieron el momento, por suerte. Y si se enojaban conmigo, yo también los habría entendido porque eran sus hijos. ¿Qué puedo hacer? Eso lo miraba en las novelas o en las películas, pero después me pasó a mí.

-¿Dormís bien?

-Sí, duermo bien. Me levantó temprano, entreno, llevo los nenes al colegio, voy con Santino a fútbol. No paro. Ando todo el día y llego muy cansado a la noche.

-¿Sos de llorar fácil?

-Sí, sí, siempre fui medio maricón, jajaja.

-¿Después del accidente llorás más seguido?

-Por ahí me pasa algo que no me gusta y me bajoneo mucho, pero pasan los días y me doy cuenta de que viví algo difícil y muy duro como para amargarme por cosas chicas.

El living. Buonanotte, la tele y los portarretratos de sus hijos. (JUANO TESONE - ENVIADO ESPECIAL)

Se viene el final de la charla. Diego Buonanotte no quiere dejar ningún mensaje, pero sí redondea: “Se puede estar bien. La vida te pone muchos obstáculos y vos lo tenés que superar. A veces son chiquitos. A veces, como me tocó, son muy grandes. Hay que saltarlos igual y lucharla. Hay que ponerse objetivos y decir ‘voy a luchar por esto’. Me ayudaron muchísimo mi esposa y mis hijos. El nacimiento de Lucía fue en el momento justo. Yo estaba mareado. No sabía dónde estaba, pero apareció ella… Hoy estoy dándole para adelante por mis hijos. Hago todo pensando en ellos. Mis hijos son el plus que tengo para levantarme todos los días”.

Vuelve al pueblo para rendir examen

​Diego Buonanotte vuelve siempre a Teodelina, su pueblo de siete mil habitantes, en Santa Fe. Muy cerca está Ferré, ya en territorio bonaerense, donde nació su esposa Jenny. Eso sí, más allá de los regresos por motivos familiares, “en mi pueblo me ayudan a terminar el secundario. Me mandan trabajos, me dan un tiempo para hacerlos y se los envío. Después, cuando voy, rindo. Me quedaban tres materias de 4º y las rendí en junio. Ahora me toca dar 5º. Me toman examen y todo, eh”. Sigue: “Quiero estar preparado cuando deje de jugar. No quiero retirarme y no saber qué hacer. Quiero ir buscándome”. Cierra: “Me gusta mucho la edificación. Pensé en estudiar maestro mayor de obras. Pero bueno, dependerá dónde me instale para vivir. Además, mi señora va a querer seguir con su carrera. Terminó medicina cuando me fui a Málaga. Y me acompañó. Cuando deje de jugar, apoyaré yo”.

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